Hace 25 años, la agrupación irlandesa My Bloody Valentine publicó su magnum opus ‘Loveless’, un álbum que ha trascendido en el tiempo como una de las más importantes producciones de los 90. Es considerado como influencia clave de muchas propuestas de indie rock, dream pop y afines, pero sólo eso, influencia. Pues nada de lo que se ha hecho posteriormente ha logrado conseguir un sonido que se le iguale o se le acerque, por más que lo hayan intentado.

Qué logro tan peculiar el ser acuñada como la banda que inventó un género. Quizá sin darse cuenta, My Bloody Valentine consiguió incluir esto en su currículo. Desde que se formaron en 1983, hicieron varios lanzamientos, y poco a poco desde la escena underground, cada uno fue teniendo más éxito que el anterior. Finalmente en 1988, su sencillo “You Made Me Realise” dio con la fórmula de un sonido único e irrepetible. Tan sólo meses más tarde fue publicado su álbum debut ‘Isn’t Anything’, confirmando lo que ya era bastante obvio: un nuevo sonido había llegado, uno que no se parecía a nada de lo conocido, pero que expresaba todo lo que nadie había logrado.

Kevin Shields, líder de la agrupación, no estuvo conforme con esto, y trabajó los dos siguientes años en lo que sería el siguiente lanzamiento de la banda, uno que redefiniría los sonidos de la escena underground de la época, y abriría paso a un nuevo género musical. Con la llegada de ‘Loveless’ en 1991, nace el shoegaze, el género de los músicos que “contemplan zapatos”. Fue una experimentación sin precedentes, una exploración de todo el rango sonoro que ofrece la guitarra mediante el uso de la barra de trémolo y uno que otro juego con los ecualizadores. Incluso se le atribuye a Shields la invención de esta técnica, llamada glide guitar. Cuando se pensaba que ya todo estaba hecho, llegó ‘Loveless’ a romper todos los paradigmas.

19 estudios de grabación, más de 45 ingenieros de sonido y unos $200.000 fue lo necesario para conseguir ese resultado final. Capas y capas de efectos de guitarra, una distorsión que hace que cada instrumento se fusione con el otro, volviéndolos irreconocibles e indiferenciables, versos que a primera escuchada son impronunciables. En resumen, una gran masa de ruido. Pero es una masa de ruido sinfónico, que en su momento significó un quiebre entre lo tradicional y lo experimental, lo que se solía hacer con la guitarra y lo que se podía hacer.

‘Loveless’ resultó ser esta especie de punto de equilibrio entre un género tan experimental como el drone, y las influencias de dream pop que venían desde la década anterior. Evidencia de esto podría ser “Only Shallow”, el tema de apertura, que tiene la repetición de la guitarra distorsionada, como si fuese una especie de mantra, con unas estrofas súper surrealistas, que bien podrían ser pasadas por alto, consiguiendo un tema instrumental cuasi-perfecto.

Otro de los memorables aspectos de este increíble álbum es su continuidad. Está hecho para no detenerse una vez que se haya empezado a escuchar. No porque perdería sentido ni intención ni nada por el estilo, sino que uno como oyente simplemente no sabe cuándo empieza algo y cuándo termina. My Bloody Valentine es entonces uno de los precursores de este método de composición y ejecución, como si el disco pudiese ser reproducido repitiéndose infinita y continuamente.

En sentidos tan tangibles como este, como en lo subjetivo de cada canción, es evidente la transgresión de límites que implicó ‘Loveless’ en su momento. Es un álbum tan innovador que no puede siquiera ser imitado, a pesar que después de su publicación, surgió en Londres una generación de bandas dedicándose a emular ese sonido, sin éxito. Embadurnaban toda la tarima con montones de pedales para guitarras y pasaban todo el concierto viendo al suelo, pisando pedales (de ahí nace el término shoegaze, usado de manera peyorativa en la época). Pero el sonido que inventó Shields se volvió irrepetible e inalcanzable.

Ahora, quizás por esas mismas condiciones fue que el género no vivió mucho más tiempo después de ese boom generacional. Era un género poco sustentable, por el hecho de que ya lo mejor que se podía hacer, se hizo. Quizás esto responda a la duda de por qué en el 2013, es decir, 22 años después, MBV resurgió para publicar su tercer álbum. La presión por generar algo por lo menos igual de bueno no permitió que la banda perdurara en el tiempo, llevándose consigo un montón de otras propuestas. Mientras tanto, géneros como el grunge, algo mucho más accesible e imitable, iban ganando popularidad (no es casualidad, pues ‘Nevermind’ de Nirvana fue publicado ese mismo año).

‘Loveless’ quedó como un álbum de culto, que todos podemos oír, pero jamás imitar, y aunque terminó siendo la enfermedad terminal que acabó con el shoegaze por el impacto tan visceral que tuvo, se sigue manteniendo vivo y vigente, sobre todo en esta última década, donde se ha querido generar una especie de revival del género, sin demasiado éxito, pues todo suena muy pop, y nada se asemeja a la serenidad que transmite. El equilibrio alcanzado por MBV es de los secretos mejor guardados de la humanidad, y quizá sea mejor que así se mantenga.

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