Las baquetas de Orestes Gómez no solo golpean parches; narran el pulso de una despedida que nunca fue buscada. Bajo el título No me fui porque quise, el percusionista venezolano trae a casa una gira cargada de la pesadez del desarraigo y la belleza de la melancolía.
Este viernes 1 de mayo, las paredes del Caracas Music Hall se convertirán en el eco de su nuevo disco, una obra donde el ritmo se vuelve el único refugio posible ante la migración involuntaria y donde el artista despliega la madurez de un repertorio que ha aprendido a sonar a distancia y a reencuentro.
“Yo estoy muy emocionado de poder encontrarme otra vez con mi público, no he tocado en Caracas desde hace unos 4 años”, comenta Orestes. “Estoy muy feliz de mostrar cómo ha crecido mi proyecto, mi disco nuevo, y todo mi universo musical. Tenía tiempo sin ir, y la última vez que fui, el público recibió muy bien mi música y siento que ahorita será igual, por ello estoy emocionado”.
Gómez acota que, para esta oportunidad, el público verá un proyecto más sólido y consolidado, donde estos últimos años fueron importantes para terminar de pulir su concepto.
Anteriormente, el percusionista brindaba una mezcla de jazz con hip-hop, siendo una fusión interesante para la música, pero con este último disco, él reitera que es el sonido más claro que ha tenido su proyecto hasta la fecha, y como menciona: “el sonido de mi universo”.
“Esto no es un concierto de un género en específico, es un concierto de música venezolana que incluye muchos elementos como salsa, hip-hop, folklore y más”, dice Orestes. “La gente que no me conoce y me verá por primera vez, podrá apreciar todo el universo de lo que hago”.

No Me Fui Porque Quise es un nombre que pega directo en el pecho de cualquier migrante. No solo habla de la nostalgia de marcharse a la fuerza, sino que trae consigo una especie de profecía: la idea de que, aunque uno no planeó irse, el destino siempre guarda un boleto de vuelta. Regresar al punto de partida no es solo volver, es la manera que tiene el artista de ajustar cuentas con el pasado y, finalmente, cerrar el ciclo.
“Presentar este disco en mi país, justo en este momento de mi vida y de la propia Venezuela, es muy importante porque está hecho para eso. Si yo pienso en donde se tendría que tocar este álbum para que se cierre ese círculo del proceso, tanto creativo como su identidad, sería en Venezuela”, recalca Gómez.
También acota que presentarlo en la segunda fecha de su gira, le servirá de inspiración para el resto de las fechas. “A pesar de que voy a presentar este disco en muchas ciudades del mundo, la más importante es la de Caracas”.
Orestes Gómez puntualiza que el título del álbum no se construye desde la nostalgia o de extrañar algo, si no de la otra perspectiva, la de regresar en algún punto y de seguir celebrando la identidad venezolana.
“Yo migré hace 11 años y estar afuera era decir: ‘yo soy venezolano, somos lo más arrecho que hay y estoy representando a mi país’. Yo soy lo que soy gracias a mi país y a mi identidad. Desde ahí es el enfoque del disco”.
Para él, lo más interesante que le ha pasado con el álbum, es que muchas personas le han escrito y no le hablan de un tema en específico, sino de todo el disco en general. “Se sienten muy motivados por los beats y las letras, porque les brinda una energía para seguir el día a día”.
Has colaborado con artistas de diversos géneros, ¿Cómo fue trabajar con ellos para crear un sonido único entre ambas fusiones?
Todos los que participaron son amigos míos. Fui muy cuidadoso a la hora de ver a quien montaba en el disco, porque de cierta forma eran personas que estaban en la misma línea que yo, tanto musical como conceptual. Somos amigos y hemos trabajado desde antes, bien sea trabajando como productor o haciendo alguna batería, o de hacer otras cosas en conjunto.
Los que están en el disco no están dentro por ninguna estrategia de números o algo parecido, es porque realmente somos cercanos, y, además, cuando estábamos creando la música, les expliqué el concepto, el hilo conductor del disco, y todos conectaron muy bien. Fue muy fácil hacer el disco y las colaboraciones porque estábamos en amistad.
Si este disco fuera la banda sonora de un lugar específico de Venezuela, ¿dónde lo ubicarías?
¡Qué buena pregunta! Para mí, el sonido tiene un sonido muy caraqueño. A pesar que yo soy de San Cristóbal, yo viví en Caracas, y la mayoría de las colaboraciones son caraqueños, entonces tiene un sonido muy de Capital, pero a su vez, sin duda alguna, con toda la costa venezolana por los tambores.
En agosto, antes de lanzar el disco, viajé a la costa y compartí con varios cultores con quienes grabé en el disco, y estuve mostrando el disco en Ocumare de la Costa, en Cata, Chuao, y los mismos tamboreros de la costa se vacilaron el disco.
Es un disco que suena muy a Venezuela en general, y cada quien lo puede interpretar como quiera. Hay personas que lo oyen y escuchan hip-hop, así como otros oyen la parte folklórica.

¿Qué es lo más extraño que has utilizado como instrumento durante las sesiones de grabación de este disco?
Para mí no es extraño, pero siento que, para la gente de afuera, que no es venezolana pero que le genera interés escucharlo, sería la gran cantidad de tambores venezolanos que existen como el cumaco, la paila, culo’e puya, y poder usar todos estos ritmos y diferentes tambores en un solo disco me parece clave. Las personas de afuera notan todos estos colores percutivos que hay en el país y que se pudo plasmar en el disco.
Pero algo que sí creo sorprenda a todos, es que utilicé una quijada de burro (risas), que hace un sonido bien particular.
Si pudieras elegir a un artista plástico o visual (vivo o muerto) para que diseñara la puesta en escena de este álbum, ¿quién sería y por qué?
Carlos Cruz-Diez, es mi inspiración desde que yo recuerde. Él fue clave a la hora de componer, de hacer música, de cómo representas a tu país y cómo logras que tu país conecte desde el arte. También como estuve en El Sistema, Cruz-Diez estuvo muy involucrado con ellos.