“En el sintetizador principal, un philodendron”.

El philodendron no es un instrumento barroco, ni es un género hipster que no conoces. Es en realidad una planta.

Desde mediados del siglo XX, se han realizado estudios para conseguir evidencia de que las plantas no son sólo seres vivos, sino que también son seres que sienten. Esa tesis se ha sostenido en el tiempo, pero lo que antes parecían ser delirios de hippies y comeflores, es ahora una realidad tangible.

A través de diferentes experimentos que tuvieron inicio en los 70, no sólo se confirmó que las plantas sienten y transmiten energía, sino que se creó una manera de materializar esa energía. Conectando un par de electrodos, justo como los del detector de mentiras clásico, a las hojas de diferentes plantas, y traduciendo las ondas transmitidas en data legible para un MIDI, que luego pasará a un sintetizador, se consiguió como resultado la llamada “música de las plantas”.

Con respecto al sentir de las plantas, con estos ejercicios que se han realizado, se ha descubierto que las plantas reaccionan ante estímulos externos, y son capaces de experimentar emociones como alegría o estrés, compartir energía las unas con las otras, y compartir energía con seres humanos. Cuando se tocan las hojas de la planta, ésta reacciona, y los impulsos que envía empiezan a variar.

Una disquera de música ambiental de Filadelfia llamada Data Garden, creada por Joe Patitucci y Jon Shapiro, supo hacer una buena lectura de todo esto, y empezaron a experimentar con su propio aparato patentado (llamado MIDI Sprout) y la potencial música de las plantas. En el 2012 realizaron una exposición en el Museo de Arte de Filadelfia, donde contaron con una instalación de cuatro plantas: un philodendron, dos schefflera y una sansiviera (curiosamente también conocida como “Espada de Bolívar”), conectadas al MIDI Sprout, y dando acceso al público para tocar las plantas y dar su aporte. Los impulsos eléctricos captados fueron trabajados en vivo por unos diseñadores de sonido, dando como resultado final un bellísimo esfuerzo musical llamado ‘Quartet’.

Los responsables de Data Garden y ‘Quartet’ también descubrieron que la música cambia cuando la energía de la habitación donde están las plantas varía, o con determinado tipo de personas presentes. Por ejemplo, tener gente en la habitación realizando ejercicios de meditación y respiración, generaba cambios en la energía y los impulsos de las plantas, perceptibles a través de la música. Lo mismo sucedía cuando personas como botánicos, floristas, sanadores espirituales e incluso mujeres embarazadas entraban a la habitación, por la energía y conexión tan poderosa que eso implica.

Lo hermoso de esta adaptación de la tecnología a la naturaleza es el resultado final, que más allá de sonidos, es toda una experiencia. Cuando uno habla de sonidos de la naturaleza piensa en el viento soplando las hojas y en pajaritos y grillos. Pero saber que hay energía que los sentidos humanos no perciben, sino que hay que detectarla y traducirla, es una realización impactante. Y lo es aún más el hecho de que la energía que transmitimos los humanos puede llegar a ser tan palpable.

La música originada tiene variaciones en rítmica y en tono, pero la melodía se mantiene, como si las plantas de hecho estuviesen conscientes de que son la alineación de una banda y que están en medio de una presentación en la que todos alrededor estamos contribuyendo. Además, la percepción para cada persona de la audiencia varía, aunque el patrón es claro: es una música que apacigua, calma, e incluso se ha demostrado que genera un aumento en la producción de oxitocina (la hormona del amor), haciéndonos inevitablemente más felices.

Todo esto parece ser una fusión perfecta entre hombre, naturaleza y tecnología. Ninguna fuerza se contrapone a la otra, sino que juntas generan un bellísimo resultado final.

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