No hay mayor ejercicio de transparencia que mostrar de dónde vienes para entender quién eres y quién quieres ser. Eso es lo que han hecho Sexy Zebras en su disco más frontal, honesto y autorreflexivo: abrir ya no solo las puertas de su casa, sino las de su calle.

Concretamente, la Calle Liberación del madrileño barrio de Hortaleza donde han nacido, crecido y donde escucharon sus primeros discos y aprendieron a tocar los instrumentos que los uniría no solo como banda, sino como un monolito cohesionado que va más allá de lo musical y que los convierte en familia.

Eso es lo que se respira en las once canciones y casi tres cuartos de hora de un álbum en el que la banda ha conseguido sentar las bases de un discurso maduro, pero sin perder las marcas de agua que los han llevado a convertirse en uno de los combos de guitarras más representativos del circuito y de su generación: el músculo rockero, el sonido eléctricamente físico de power trío y las melodías más redondas hasta la fecha.

Ya lo fueron demostrando en los últimos meses al presentar varios hits con vocación de himnos generacionales, como Tonterías, O todos o ninguno, Jaleo, Marte, Nena y Una canción para resucitar, que fueron desvelando el universo sonoro de unos Sexy Zebras en absoluto estado de gracia y con un repertorio con influencias que va desde el rock más enérgico a las baladas eléctricas, la influencia del rock alterlatino o de texturas que pueden recordar a la new wave.

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