Pareciera que la escena emo es vista en retrospectiva como un chiste y no es es tan extraño. El melodrama y la honestidad que son parte inseparable del género hacen que sea un blanco fácil para chistes y críticas por tomarse demasiado en serio, en especial en un ambiente tan naturalmente cínico como las redes sociales. Pero hace 15 años esto no era así.  Es posible que la palabra “Emo” haya sido usada por algún bully de colegio para burlarse, pero en la práctica, el sonido y la estética del género vendían millones de discos, y a la cabeza de todo el movimiento estaba My Chemical Romance.

Riff de guitarras potentes, disposición a experimentar y un ojo puesto tanto en la escena del pop punk como en la del metal, ayudaron al grupo a diferenciarse de sus contemporáneos en sus dos primeros discos: I Brought You My Bullets, You Brought Me Your Love de 2002 y Three Cheers For Sweet Revenge de 2004. Pero ninguno de los dos trabajos llegó a los picos artísticos y comerciales de su tercer disco: The Black Parade. 

Inspirados por las grandes óperas rock de la historia como The Wall, Tommy y por supuesto el entonces reciente American Idiot, el grupo entró al estudio junto a Rob Cavalho, legendario productor de pop punk, responsable de la mayoría de los discos de Green Day. El objetivo era crear un álbum de rock sobreviviera al paso del tiempo, y bajo ese mantra, el vocalista y compositor Gerard Way tomó como base el más universal de los temas: La muerte, y lo usó como centro para narrar una historia. 

Ahora, si en algo falla “Black Parade” es justamente en su narrativa. Como la mayoría de las rock-operas, no siempre es fácil de descifrar y, por momentos, la narrativa se contradice, pero a pesar de eso, las canciones funcionan contando sus propias historias internas y dejando sus influencias a flor de piel. The End, la primera canción del disco abre con un riff de guitarra calcado de In The Flesh de Pink Floyd,  y de allí salta a Dead en la que deja entrever por primera vez los sonidos de cabaret que llenan el disco.

En otros lugares el grupo desata influencias sorpresivas. El sencillo Welcome to the Black Parade, uno de esos himnos generacionales que pueden poner a cantar a cualquier grupo de millennials; bien podría ser un tema de Queen, al igual que la balada I Don’t Love You. En Wolves la banda deja pasear las influencias circenses presentes en todo el disco y en Teenagers nos recuerdan su facilidad para construir canciones pop punk inescapables.

Pero lo sorpresivo es que en un disco que habla sobre la muerte, la banda termine apostando por dejarnos vivir de los rayos de luz. Piezas como el tema que da título al disco y el potente cierre en la épica Famous Last Words, son momentos que tratan de conseguir motivos para seguir respirando, aun cuando el universo parece no querer darte ninguno. 

El disco fue una explosión absoluta para la banda. Si bien Three Cheers For Sweet Revenge ya había ayudado a empujar toda la movida del emo a las listas de éxitos, el grupo no podía medir el éxito que se consiguió de espaldas a su rock opera sobre la muerte.

El disco fue también la puerta de entrada para muchos adolescentes al mundo rock gótico y el emo. Si bien no era un fenómeno nuevo, después de la salida de este disco, la sombra en los ojos y las uñas negras se hicieron más que comunes y grupos menos interesantes que trabajaban con la misma estética que MCR sin demasiada calidad.

15 años después, The Black Parade se eleva como la obra más importante de la escena emo, aún si más de uno no quiere contar a la banda dentro de sus filas. Es un trabajo épico que bebe sin miedo de lo épico del rock clásico y de lo emocional de las escenas emo y pop punk. Un tratado sobre la belleza de la muerte y la necesidad de vivir, además de ser profundamente pegajoso.

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