El arte, bien apuntado, no perdona. Alcanza, sin advertencia, a todos los presentes e incluso vuela por las bocas, por los diarios y las conciencias, alcanzando también a los ausentes.

Algunos conocen la historia y han aprendido, o por lo menos leído, sobre el poder de la expresión bien administrada. Esas personas suelen respetar al arte y lo toman de bandera, como lo han hecho diversos líderes y empresarios. No obstante, existen otros, ignorantes e ilusos, que subestimando el poderío del arte, intentan acabarlo con balas, bombas y demás materiales intrascendentes.

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El 3 de diciembre de 1976, un grupo conformado por 7 hombres armados, irrumpieron en la casa de Bob Marley, ubicada en el número 56 de la Hope Road en la ciudad capital de Jamaica, Kingston. El objetivo de aquel grupo era destruir en segundos el principal exponente de una marea artística que inundaba ya a casi todo el mundo.

4 de los hombres, con sus armas y sus ojos decididos, se dirigieron al interior de la casa donde Bob charlaba con varios compañeros músicos y de trabajo. En aquel momento, según lo que se cuenta, no hubo mediación entre ambos mundos. Los contratados para aniquilar la cultura descargaron todo su arsenal en contra de todos los que estaban allí. Las mesas volaron, los cuerpos saltaron, la sangre se regó por todo el piso y luego llegó el silencio.

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Mientras eso sucedía, afuera, en el patio de la vivienda, otros 3 hombres le disparaban a Rita Marley, esposa del cantante. Los hombres la encontraron en la grama, sin más escudo que con su gloriosa voz y su ropa de diario, y no lo dudaron: Dispararon directo a la cabeza como para que no quedaran ni restos de su existencia.
Ese día, 3 de diciembre de 1976, pudo haber quedado como el día más penoso e injusto de la historia de Jamaica e incluso de América. Sin embargo, no fue así. Aquel día, como protegidos por una coraza divina, todos los que estaban en la casa se salvaron. Hubo heridos, sí. Pero no fueron más que heridas superficiales. El arte le dio una lección a la guerra que jamás olvidaría.

Pero, ¿por qué sucedió todo aquello? El caso, legalmente, jamás se aclaró. Los pistoleros desaparecieron, la policía no encontró nada y nadie vio nada. Aquellos días son un misterio para Jamaica y el mundo de la música; sin embargo, evaluando el contexto y lo que sucedía en aquellos días por la isla caribeña, tal vez lo que sucedió fue un capítulo más de esa eterna guerra por el poder entre la derecha y la izquierda, entre esos dos bandos que creen tener la verdad en sus manos y el derecho para imponerse como sea y a toda costa.

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La década del 70 en Jamaica fue una década cargada de violencia y de caos social. Las calles estaban dominadas por las drogas y en el gobierno se llevaba a cabo una batalla entre los capitalistas y los socialistas. La Guerra Fría había dividido al mundo y así estaba Jamaica. Además de eso, la pobreza y la desigualdad hacían de las ciudades jamaiquinas algo muy diferente al paraíso de sus playas.

En 1976 se llevarían a cabo unas elecciones presidenciales. Por un lado estaba Michael Manley (buscaba la reeleción), del PNP, socialista y aliado de Moscú, y por otro lado estaba Edward Senga del JLP, capitalista y aliado de Washington. Ambos políticos aspiraban el poder y estaban decididos a hacer lo que fuese por ocupar el trono; sin embargo, había un problema: La sociedad estaba dividida y el único que podía asegurarle la victoria a cualquiera de ellos, era Bob Marley.

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Para ese entonces, Bob Marley gozaba de un reconocimiento mundial. Había logrado consagrarse como un líder y toda la isla lo admiraba y lo seguía. Por lo tanto, una palabra de Bob podría inclinar la balanza hacia cualquiera de los candidatos. Manley estaba muy consciente de eso, por lo que había estado detrás de Bob para que este diera un mega concierto gratuito en Kingston.

Bob nunca había confiado en los políticos, solía decir: “Hay dos tipos de dictadores: los impuestos y los elegidos, que son los políticos”. Sin embargo, esa vez Bob aceptó hacer dicho concierto ya que consideraba que con su música podría aplacar los ánimos de la gente y podría calmar un poco la violencia desatada que se vivía en todos lo barrios de la isla. El concierto se pautó para el domingo 5 de abril y llevaría el nombre de “Smile Jamaica”.

Bob Marley sabía y conocía el poder que tenía su arte. Su misión, más que dar un concierto, era recordarles a sus compatriotas jamaiquinos que todos allí eran hermanos y que unidos era que podían lograr construir una mejor Jamaica. Sin embargo, la buena intención de Bob se vio opacada por una mala jugada del presidente Manley, quien decidió adelantar las elecciones de manera que quedaran lo más cerca posible al concierto. Así lograría que la presentación de Bob se asociara con su campaña con el fin de ganarse los seguidores del cantante.


El ícono del reggae, a pesar de esa noticia, quiso seguir adelante para mostrarle al mundo que la música construye más que cualquier estrategia política. Decidió hacer el concierto yendo incluso en contra de amigos y colaboradores.

El concierto era el 5 de diciembre. El 3 de diciembre fue el atentado.

¿Quién fue?, ¿quién intentó borrar de la faz de la tierra a Bob Marley y su esposa y amigos?, ¿la CIA?, ¿Moscú?, ¿algunos rivales musicales? Como se ha dicho, aquel episodio sigue estando bajo una densa capa de rumores muy difícil de disipar. No obstante, lo que hay que rescatar de esta historia no es solo que Bob, Rita y sus amigos sobrevivieron, sino que también se levantaron sobre la tarima el 5 de diciembre y por más de una hora le dieron un gran baño de buena música y de alegría a todo ese pueblo que tanto sufría.

Bob Marley en un fin de semana venció a la muerte y venció a la guerra. Impuso la vida y la música ante aquellos que pretenden dominar el mundo con la fuerza.

Cuando le preguntaron al cantante sobre su decisión de hacer el concierto, a pesar del atentado, Bob respondió: “La gente que está tratando de hacer este mundo peor, no se toma ni un día libre, ¿cómo podría tomármelo yo?”

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