Gustavo Guerrero, también conocido como “el director de la orquesta de Natalia Lafourcade”, es un artista que desde sus inicios ha demostrado una calidad musical enorme. Su trabajo con Cunaguaro Soul quedó para la historia como material de rock venezolano de culto, que pocos afortunados tuvieron la oportunidad de experimentar en su momento, y hoy son disfrutados desde la memoria, y descubiertos por las nuevas generaciones.

El camino de Guerrero tras la disolución de Cunaguaro Soul resultó ser bastante prometedor. Además de trabajar de la mano de la mexicana Lafourcade, desarrolló su proyecto individual, un personaje llamado Augusto Bracho, que en nuestras cabezas sale a la calle en liqui liqui, y se sienta cada domingo en la mañana en los alrededores de La Catedral a leer el periódico. Guerrero mantuvo en sí la esencia del folklore venezolano a pesar de haber emigrado hace unos cuantos años, y fue adoptando de a poco los sonidos tradicionales del resto del continente latinoamericano. Por lo menos eso es lo que ha demostrado con sus publicaciones, ‘Primer acercamiento al mito’ (2014), y más tarde ‘Pajarera Vertical’ (2015), junto a su buen amigo Moisés de Martín (José Ignacio Benítez/Domingo en Llamas).

Esta vez, Augusto Bracho se asoció con un nuevo personaje, llamado Martín Bruhn. Bruhn es un músico y percusionista argentino, que como Bracho, desde su base se ha movido con los ritmos folklóricos latinos, y se ha mantenido en el tiempo. Juntos forman El Conjunto, un tributo a aquellos conjuntos que moldearon la música típica de América Latina. Pero mientras cada uno de estos conjuntos se dedicaba a un género en específico, El Conjunto los aborda todos: gaita, joropo, merengue, vallenato y más. Una ensalada de ritmos, que conforman su ‘Antología 2’. La Antología 1 aún no ha visto luz, lo cual forma parte de este juego al que El Conjunto nos ha introducido.

‘Antología 2’ explora a los más importantes compositores de América Latina, como Armando Manzanero (México), Juan Bautista Ramírez (República Dominicana), Tito Barreda (Perú), Juan Polo Valencia (Colombia) y más. El Conjunto interpreta y reversiona piezas de la tradición que estos autores honraron en su momento.

El primer adelanto de este proyecto fue la popular bachata “Asesina sin matar”, de Juan Bautista “El destroza corazones”. Que en el álbum, justo después de esta canción suene “La bella del tamunangue”, una gaita venezolana súper tradicional, es muestra del amplio espectro que aborda El Conjunto. A la gaita le sigue un bolero, y al bolero la “Jota carupanera”. No sólo revisan los géneros latinos, sino que lo hacen de una manera no lineal, dando la idea de mestizaje que de por sí domina en Latinoamérica.

Gaita venezolana, vals peruano, folklore argentino, son géneros que nos estamos acostumbrados a escuchar, y Guerrero y Bruhn los tomaron todos y dentro del desorden le dieron una coherencia, este homenaje a América Latina, a su folklore, a las influencias que no vienen del norte, sino de las raíces y del interior de cada país. Nos recuerdan a no estar siempre mirando hacia afuera, con toda la riqueza que llevamos dentro. Nos reprochan esa malacostumbre de menospreciar aquello que más se aferra a la tradición, como si fuese algo pobre o sin mucho que aportar, cuando para cada región hay ritmos tan llenos de vida y tan variados, desde el vallenato, como “Lucero espiritual”, hasta la música peruana más criolla, como “Cariñito”.

Además, El Conjunto logra reinterpretar todas estas piezas sin irrespetarlas de ninguna manera. Más bien, le dan un toque de modernidad, a veces imperceptible, que hacen todo el pasaje más ameno, y nos hace cuestionarnos precisamente cómo es que hemos dejado pasar por alto todas estas cosas, por un absurdo prejuicio imperialista (sin ánimos de tornarme izquierdosa). Es la pura riqueza de América Latina, y es a su vez una reflexión sobre lo que siempre ha estado ahí, pero pocos se han animado a voltear a verlo.

Gracias a Augusto Bracho, a Martín Bruhn, y a todos aquellos que están rescatando la tradición dentro de la globalización, que sin ser algo malo, genera una pérdida de detalles y de intimidad regional, que valen la pena ser rescatados.

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